El sistema de transporte masivo de Bogotá, TransMilenio, atraviesa una de sus etapas más críticas desde su implementación. Lo que comenzó como un proyecto insignia de movilidad para mejorar la conexión en la capital hoy enfrenta un panorama marcado por la inseguridad, el desorden y la falta de soluciones que logren frenar su deterioro.
El más reciente episodio ocurrió el pasado 19 de septiembre en el Portal 20 de Julio, al suroriente de la ciudad, donde un grupo de jóvenes alteró gravemente la tranquilidad de los usuarios. Armados con cuchillos, intimidaron a los guardas de seguridad en plena hora de afluencia, desatando una escena de pánico que hizo eco del temor cotidiano con el que miles de pasajeros se movilizan. Los vigilantes reaccionaron utilizando bastones de mando para repeler el ataque, evitando que la amenaza terminara en una tragedia mayor. Sin embargo, el hecho evidenció lo vulnerables que resultan las estaciones y portales del sistema frente a la violencia.
Este tipo de incidentes no son aislados. A la inseguridad recurrente se suman otros males estructurales que agravan la crisis. Uno de los más graves es la evasión del pago de pasajes, una práctica que se ha normalizado al punto de convertirse en un símbolo del desorden dentro del sistema. Según datos oficiales, en 2024 la evasión alcanzó el 13,14% en el componente troncal, cifra que representa cerca de 89 millones de validaciones que nunca se realizaron. Este comportamiento no solo afecta las finanzas del sistema, sino que también repercute en la calidad del servicio que reciben los usuarios que sí pagan. Las pérdidas ascienden a más de 262.000 millones de pesos al año, una suma que golpea con fuerza las arcas de TransMilenio y compromete su sostenibilidad.
Aunque las autoridades han intentado implementar soluciones, estas han resultado insuficientes. En los últimos años se invirtieron más de 12.500 millones de pesos en medidas como la instalación de 435 puertas adicionales en diferentes estaciones, pensadas para frenar el ingreso irregular de colados. No obstante, las cifras demuestran que estos esfuerzos no han tenido el impacto esperado, pues la evasión sigue creciendo y el descontrol se mantiene.
La combinación de inseguridad y evasión plantea un doble desafío: por un lado, se expone a los ciudadanos a riesgos físicos constantes al transitar por las estaciones, y por el otro, se debilita la viabilidad económica de un sistema que debería ser la columna vertebral del transporte público en Bogotá. La crisis de TransMilenio no solo afecta la movilidad de la capital, sino que también refleja la incapacidad de encontrar soluciones duraderas para un servicio que, en su origen, prometía eficiencia y seguridad, pero que hoy es sinónimo de caos y desconfianza.








