En plena Guerra Fría, mientras el mundo miraba al espacio, Estados Unidos también soñaba con dominar otro poder de la naturaleza: los huracanes. Así nació el Proyecto Stormfury —traducido como Furia de tormenta—, un ambicioso experimento científico que buscaba reducir la fuerza destructiva de los ciclones tropicales mediante la manipulación de sus estructuras internas.
El programa, lanzado oficialmente en 1962, se extendió durante más de dos décadas. Su objetivo era tan audaz como arriesgado: debilitar los huracanes rociando sus nubes con yoduro de plata, una sustancia que supuestamente congelaría el agua sobreenfriada dentro del sistema, alterando así su dinámica. Aviones militares eran enviados directamente al corazón de las tormentas para liberar miles de cápsulas del compuesto químico, en lo que se conocía como las “siembras”.
La teoría parecía prometedora. Los científicos creían que, al congelar parte del vapor de agua, el huracán perdería energía y disminuiría su intensidad. Sin embargo, con el tiempo se demostró que la hipótesis no era viable. Tras años de observación, los investigadores descubrieron que los ciclones tropicales contienen muy poca agua sobreenfriada y una gran cantidad de cristales de hielo, lo que hacía inútil el intento de modificar su estructura mediante el yoduro.
Aún más revelador fue comprobar que los huracanes no intervenidos sufrían los mismos cambios naturales que se atribuían al efecto de las “siembras”. Esto llevó a concluir que los supuestos éxitos iniciales del proyecto no eran consecuencia de la manipulación humana, sino de la propia evolución del fenómeno meteorológico.
El entusiasmo por modificar el clima no era nuevo. Stormfury tuvo sus raíces en el Proyecto Cirrus (1947), una colaboración entre General Electric, el Ejército estadounidense y la Oficina de Investigación Naval, liderada por los pioneros Vincent Schaefer e Irving Langmuir. Ellos fueron los primeros en intentar alterar un huracán —el Cape Sable— mediante la siembra de nubes, aunque sin resultados concluyentes.
El momento cumbre de Stormfury llegó en 1969, cuando trece aeronaves participaron en una misión sobre el huracán Debbie, lanzando más de 1.000 botes de yoduro de plata por día, según relata el periodista Matthew Ponsford en BBC Future. Pese al enorme despliegue, los resultados fueron nuevamente inconcluyentes, y el proyecto fue finalmente cancelado en 1983, una década después del último intento.
Aunque Furia de tormenta no logró controlar los huracanes, su legado científico fue invaluable: dio origen a los actuales aviones cazahuracanes y sentó las bases de la meteorología moderna para el estudio y la predicción de estos fenómenos. Lo que comenzó como un sueño de dominar la naturaleza, terminó convirtiéndose en una lección sobre su inmenso e impredecible poder.








