Un llamado desesperado de un hombre que logró escapar de la secta judía extremista Lev Tahor destapó lo que las autoridades colombianas sospechaban desde hace semanas: el intento del grupo por establecer una nueva base en el norte de Antioquia. El sobreviviente, cuyo sobrino fue víctima de abusos dentro de la organización, alertó a Migración Colombia y al Gaula sobre la presencia del grupo en un pequeño hotel de Yarumal. Ese aviso permitió detener una operación silenciosa que llevaba desarrollándose desde finales de octubre.
Los miembros de Lev Tahor llegaron al país tras ejecutar un plan de ingreso diseñado para pasar inadvertidos. Viajaron desde Nueva York, pero divididos en dos rutas: una parte entró por Cartagena tras hacer escala en Panamá, mientras que el otro grupo lo hizo por Rionegro después de pasar por Miami. El movimiento funcionó inicialmente, pues Migración Colombia confirmó que al momento de su llegada no contaban con alertas activas ni requerimientos judiciales. Los nueve adultos y los menores que los acompañaban lograron instalarse en Yarumal, intentando repetir el modelo de asentamientos que habían levantado en lugares remotos como San Miguel Tlaixpan en Guatemala.
Todo cambió cuando las autoridades estadounidenses notificaron la salida del país de cinco menores que estaban bajo custodia oficial. Esa alerta desencadenó una circular amarilla de Interpol para ubicarlos como posibles víctimas de trata. Poco después, una agencia norteamericana envió un informe a Colombia advirtiendo que la secta planeaba crear una nueva colonia en territorio nacional y recordando que sus líderes habían sido condenados en 2021 por secuestro y explotación sexual infantil.
Tras el operativo en Yarumal, el delator celebró que los menores estuvieran a salvo. Como gesto de gratitud, llevó comida a los funcionarios que participaron en la intervención. La comunidad judía de Medellín también ha seguido de cerca el caso. Uno de sus miembros incluso se ofreció como traductor de hebreo para apoyar el proceso, el cual se ha demorado por la complejidad del estatus migratorio: los menores tienen nacionalidades distintas a las de los adultos, lo que ha ralentizado los trámites.
Para las comunidades judías locales, Lev Tahor no solo es un grupo desconocido sino considerado ilegítimo. El rabino Boaz David Fariñas Eisenberg, de la Comunidad Judía Darkei Torah, explicó que sus prácticas contradicen principios esenciales del judaísmo y que, de haber intentado entrar a su sinagoga, “no habrían pasado de la puerta”.
La vida dentro del grupo revela su radicalidad: solo comen alimentos preparados por sus propios miembros, mantienen ritos que no corresponden a corrientes tradicionales y violan normas religiosas básicas. En Yarumal, los vecinos notaron compras inusuales de avena para alimentar a los menores, uno de los pocos indicios de su presencia durante las semanas que intentaron permanecer ocultos.
Mientras avanzan las coordinaciones con el FBI y la Administration for Children and Families (ACF), las autoridades colombianas esperan expulsar a los nueve adultos y garantizar la protección de los menores, cuyo destino final sería Estados Unidos. El grupo, fundado por Shlomo Helbrans en los años ochenta, ha pasado por varios países dejando un historial de abusos, secuestros y prácticas coercitivas para retener a niños y adolescentes dentro de la secta.
A pesar de que su salida del país parece inminente, quedan preguntas sin respuesta: quién financia sus desplazamientos, quién dirige sus movimientos y cómo logran operar con tanto sigilo. Su estancia en Medellín lo demuestra: fueron alojados en una sala grande, donde improvisaron un refugio cubriendo ventanas y accesos para no ser detectados.
Lo único claro es que Lev Tahor mantiene la misma determinación que ha exhibido durante décadas, expandiéndose de manera furtiva por distintos países. Esta vez, su intento de consolidarse en Colombia quedó frustrado, pero dejó al descubierto una red global que continúa moviéndose bajo un hermetismo absoluto.








