Este jueves 22 de enero de 2026, el Gobierno de Estados Unidos oficializó su retiro de la Organización Mundial de la Salud (OMS), marcando un cambio histórico en la participación del país en los mecanismos globales de salud pública. La decisión, que había sido anunciada previamente, se concretó mediante la firma de documentos oficiales por parte del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) y el Departamento de Estado, dejando al país fuera de las actividades y programas coordinados por el organismo internacional.
La salida de Estados Unidos de la OMS tiene implicaciones significativas. Por un lado, se reduce la capacidad del país para influir directamente en la toma de decisiones sobre emergencias sanitarias globales, manejo de pandemias y cooperación internacional en investigación y desarrollo de vacunas. Por otro lado, el gobierno estadounidense argumenta que busca mayor autonomía en la gestión de sus políticas de salud pública, priorizando datos y estrategias nacionales en lugar de depender de evaluaciones internacionales.
Esta decisión ha generado preocupación internacional, ya que Estados Unidos era uno de los mayores contribuyentes financieros de la OMS y su retiro podría afectar la capacidad del organismo para financiar programas de respuesta rápida frente a crisis sanitarias, especialmente en países de bajos ingresos. Organismos y expertos en salud global han advertido que la falta de coordinación internacional podría ralentizar la respuesta ante epidemias y pandemias futuras, así como complicar la cooperación en la distribución de medicamentos y vacunas.
Al mismo tiempo, Estados Unidos ha asegurado que continuará colaborando en proyectos específicos de salud global, pero de manera bilateral o multilateral fuera de la OMS, buscando mantener influencia sin depender de la estructura del organismo. Analistas consideran que esta medida refleja una postura de mayor nacionalismo sanitario, en línea con políticas que priorizan la soberanía y control sobre la salud pública interna.








