Con el triunfo, Brasil se desvía del giro a la derecha que han dado países como Argentina, Chile o Colombia, respaldados por el presidente estadounidense Donald Trump, y se mantiene como uno de los pocos bastiones progresistas en la región.
El líder de la izquierda desafió todos los pronósticos, tras perder en la primera vuelta frente al hijo del expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro (2019-2022).
Quien ya es uno de los dirigentes más longevos del mundo tendrá 85 años al término de su nuevo mandato en 2030 y habrá acumulado así 16 años en el poder, tras un primer período en la presidencia de 2003 a 2010.
Para dar vuelta el resultado de la primera vuelta, Lula multiplicó en la recta final las medidas populares, muchas de ellas costosas.
Aumentó las partidas del Bolsa Familia, su programa social estrella destinado a las familias más pobres.
También impulsó la aprobación de una reforma constitucional que reduce la jornada de trabajo y otorga a millones de brasileños un día adicional de descanso semanal.
Lula enarboló la bandera de la soberanía, acusando a Donald Trump de querer entrometerse en la votación.
Pero fue Meta la que, en los últimos días, se convirtió en el blanco de los ataques más duros de la izquierda.
La empresa estadounidense, dueña de Facebook, WhatsApp e Instagram, fue acusada por el equipo de Lula de favorecer a su rival mediante una «manipulación algorítmica».
Meta lo negó, pero reconoció errores como la desactivación de anuncios de la campaña de Lula por motivos técnicos.
PAÍS ARRUINADO
Para su cuarto mandato, el margen de maniobra del jefe de Estado se anuncia limitado.
Tanto por el tsunami conservador que barrió el Congreso en las legislativas de hace tres semanas, como por la coyuntura económica, con un crecimiento que debe desacelerarse.
Aunque el desempleo está en su nivel más bajo y la inflación relativamente contenida, a los círculos empresariales les inquieta el estado de las finanzas públicas.
Flávio Bolsonaro llegó a hablar de un «país arruinado».
Lula tendrá que enfrentarse asimismo al inmenso desafío de la inseguridad, en un país donde las facciones criminales siembran el terror en los barrios populares.







