En el Caribe colombiano, el chigüiro —o ponche, como lo llaman los pescadores del Atlántico— es mucho más que el roedor más grande del mundo. Su presencia ha sido, históricamente, señal de abundancia pesquera y de humedales saludables. Aunque hoy en día su población en el Atlántico es escasa, antaño habitaba ciénagas y riberas a lo largo del río Magdalena. Expertos como Rafael Borja, de la Universidad del Atlántico, han documentado avistamientos en sectores como el embalse del Guájaro y zonas cercanas a Repelón, posiblemente de grupos migratorios provenientes de Bolívar. También se han registrado apariciones esporádicas en el norte, frente a la ciénaga de Mallorquín.
En Colombia existen dos especies: Hydrochoerus hydrochaeris, más grande y rojiza, y Hydrochoerus isthmius, más pequeña y común en la costa Caribe. Ambas son semiacuáticas y cumplen un papel fundamental: regulan la vegetación ribereña al alimentarse de plantas y dispersan semillas, favoreciendo la regeneración de ecosistemas. Además, son presa natural de jaguares, pumas, caimanes y aves rapaces, lo que los convierte en un eslabón esencial de la cadena alimenticia.
Sin embargo, la caza indiscriminada —sobre todo en Semana Santa— ha reducido drásticamente sus poblaciones, llevándolos a ser catalogados como vulnerables a la extinción. Autoridades y académicos coinciden en que su conservación es clave no solo para la biodiversidad, sino también como indicador del estado de los humedales y de la seguridad hídrica de la región. La Corporación Autónoma Regional del Atlántico trabaja en la protección de sus hábitats y en el monitoreo de cuerpos de agua para garantizar que estos gigantes pacíficos puedan seguir habitando el territorio.








