En la Ciénaga Grande de Santa Marta, comunidades de pescadores están cambiando la historia de la contaminación al sacar toneladas de basura del agua y transformarlas en una fuente de ingresos. Luis Alberto Cabrales empuja su canoa entre los palafitos de Nueva Venecia, pero ya no lleva atarraya. En su lugar, transporta costales llenos de botellas, latas, restos de neveras y televisores que hoy flotan donde antes solo había agua limpia y el reflejo de los manglares.
Hace años decidió que su oficio sería “pescar” algo distinto: los residuos que nunca debieron llegar a este humedal. Hoy su labor no es solitaria. Detrás de su canoa se ha tejido una ruta comunitaria que evita que la basura termine enterrada en el fondo de la Ciénaga y la convierte en trabajo, ingresos y nuevos productos para las comunidades.
La Ciénaga Grande de Santa Marta es una de las lagunas costeras más extensas y productivas del país. Con cerca de 45.000 hectáreas, este ecosistema mezcla aguas dulces y saladas y alberga manglares, pesca artesanal y pueblos que viven literalmente sobre el agua. De él dependen los medios de vida de cientos de miles de personas en al menos 12 municipios del Caribe, donde la pesca, el turismo, el transporte y el comercio sostienen la economía local.
Sin embargo, esta riqueza natural enfrenta una creciente amenaza por la contaminación. Microplásticos en el agua, residuos en el sistema digestivo de los peces y afectaciones a la salud humana evidencian una problemática que se agrava año tras año. Según el documental Ciénaga Plástica, de la Universidad CES, cerca de 16 millones de kilos de plástico llegan anualmente a esta zona.
“Cuando los residuos no se recuperan, el impacto lo asume todo el entramado de vida”, explica Ángela Barrero, investigadora del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andreis (Invemar). Baterías y aparatos eléctricos liberan metales pesados que afectan la salud de animales y personas; bolsas y espumas se enredan en las raíces del manglar, reducen el oxígeno del agua y alteran la reproducción de las especies. Todo esto termina golpeando también los ingresos y la seguridad alimentaria de cientos de familias.
Ante este panorama, el proyecto Paisajes Sostenibles – Herencia Colombia, implementado por la FAO con financiación de la Unión Europea y en alianza con Invemar, decidió ver los residuos sólidos no solo como un problema ambiental, sino como una oportunidad para fortalecer economías locales, restaurar los manglares y reducir la contaminación.
Esta iniciativa dio paso a una estrategia comunitaria de manejo de residuos que hoy articula a organizaciones como Reciclajes Venecia, la Asociación de Pescadores Artesanales Amigos del Cultivo (CriaPez), la Asociación de Servicios de Reciclaje de Palermo (ASERPA), la Asociación de Grupos Ecológicos de la Vía Parque Isla Salamanca (ASGESYC) y Mangle Mi Huella Verde. Todas hacen parte de una misma ruta que comienza con la separación de residuos en las casas palafíticas y termina en talleres donde la basura se transforma en agendas, abanicos, llaveros o en nuevas inversiones para la comunidad.
Una ruta que nace en las casas y navega en canoas
Los hogares de Nueva Venecia y Buenavista son el primer eslabón de esta transformación. Tras un proceso constante de educación ambiental, las familias aprendieron a diferenciar los residuos no aprovechables de materiales como aluminio, cobre, hierro, fragmentos de botellas y plásticos de distintos tipos.
“Nos tocó ir puerta a puerta explicando que la basura había que separarla, que lo aprovechable tenía valor”, relata Luis Alberto Cabrales, fundador de Reciclajes Venecia. En su canoa, junto a su esposa, recorre los canales del corregimiento recolectando y clasificando materiales reciclables, que hoy también llegan desde Buenavista.
Así, lo que antes era contaminación y amenaza para la vida en la Ciénaga Grande, hoy se convierte en una alternativa de trabajo digno, cuidado ambiental y esperanza para las comunidades que viven sobre el agua.








