Es posible que estas sean las líneas más difíciles que he escrito en mi vida.
No las escribo movido por el rencor ni por el deseo de alimentar una controversia. Las escribo porque siento que les debo una explicación a mis hijos, a mi familia, a mis amigos y a todas las personas que durante décadas me conocieron por mi trabajo, por mi comportamiento y por los valores con los que he procurado vivir.
No he sido un político de profesión. Mi vida transcurrió como ingeniero, como profesor universitario y como empresario en el sector inmobiliario. Jamás construí una carrera alrededor del poder ni de los cargos públicos. Mi paso por la Gobernación del Magdalena fue una circunstancia excepcional de mi vida.
En el segundo semestre de 2007, tras la destitución del entonces gobernador Trino Luna Correa, el Presidente de la República me designó Gobernador encargado del Magdalena a partir de una terna presentada por el Partido Liberal. Ejercí esa responsabilidad únicamente entre junio y diciembre de ese año.
Hoy, casi dos décadas después, me encuentro fuera de Colombia y enfrento las consecuencias de un fallo de segunda instancia con el que discrepo profundamente por considerar que no logró esclarecer de manera suficiente los hechos ni las responsabilidades de quienes realmente intervinieron en ellos.
Jamás participé en actos de corrupción. Nunca solicité, recibí o autoricé beneficio alguno derivado del contrato que hoy se cuestiona. Nunca conocí a la contratista, señora Eydes Campo L.; nunca tuve relación con ella antes, durante o después de esos acontecimientos. Tampoco tuve relación con quienes ejecutaron técnicamente ese contrato.
Sin embargo, mi nombre ha terminado ocupando un lugar que no me corresponde.
Por esa razón hago un llamado respetuoso a quienes conocen de primera mano lo ocurrido para que, si aún conservan el valor de mirar de frente a la verdad, hablen.
Me refiero, entre otros, a Francisco Porto, entonces presidente del Partido Liberal en el Magdalena; a Milton Cantillo; a Josefa Fadul; a la propia contratista Eydes Campo L.; y a todas aquellas personas que participaron directa o indirectamente en las decisiones y ejecución del contrato. Cada uno sabe cuál fue su papel y conoce igualmente cuál fue el mío.
No les pido que me defiendan. Les pido algo mucho más sencillo y mucho más difícil: que tengan el coraje de decir la verdad.
Porque la verdad no necesita adornos. Solo necesita personas que no le tengan miedo.
Durante todos estos años he guardado silencio confiando en que la investigación llegaría hasta el fondo de los hechos. Lamentablemente, considero que eso no ocurrió. Y cuando la verdad queda incompleta, también la justicia queda incompleta.
Quienes realmente me conocen saben que nunca he necesitado aprovecharme de un cargo para construir mi patrimonio ni mi prestigio. Todo cuanto he logrado en la vida ha sido fruto del estudio, del trabajo honesto y de muchos años dedicados a mi profesión, a la docencia y a la empresa privada.
Por eso el daño más grande no es una condena. El daño más grande es que intenten arrebatarle a una persona el único patrimonio que no puede comprarse ni heredarse: su buen nombre.
Esta carta no pretende cambiar una sentencia. Aspira a algo más profundo: dejar constancia de mi verdad. Porque las decisiones judiciales pertenecen a los expedientes, pero la conciencia pertenece únicamente a cada ser humano.
Si algún día mis hijos vuelven a leer estas palabras cuando yo ya no esté, quiero que sepan que su padre jamás les ocultó la verdad y que defendió su nombre con la misma dignidad con la que procuró vivir.
No sé cuánto tiempo tome que toda la verdad salga finalmente a la luz. Pero tengo la tranquilidad de saber que llegará el día en que cada quien deba responder, no solamente ante la justicia de los hombres, sino ante su propia conciencia y ante la historia.
Yo seguiré esperando ese día con la serenidad de quien puede mirar a los ojos a sus hijos, a su familia y a sus amigos sin sentir vergüenza.
Porque hay derrotas judiciales que nunca podrán convertirse en derrotas morales y porque el honor, cuando ha sido construido durante toda una vida de trabajo honesto, puede ser golpeado, pero jamáz destruido por una mentira o por una verdad incompleta.
Con respeto y con la esperanza intacta de que la verdad prevalezca,
FRANCISCO JOSÉ INFANTE VERGARA.








